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DENTRO DE UN COLIVING RURAL EN ESPAÑA: COMUNIDAD, COMIDA Y CONEXIÓN EN ROORAL

Foto del escritor: Claudia Moreno
Claudia Moreno
25 sept
8 min de lectura

La comida, al igual que la música y las matemáticas, es un lenguaje universal. Comer y disfrutar de sus ingredientes y sabores va mucho más allá de las cosas que nos separan (idioma, religión, política o puntos de vista distintos) y nos devuelve a nuestra humanidad compartida.


Disfruto cocinar. Me tomó décadas de sangre, sudor y lágrimas poder decir esta frase. Después del COVID-19 me mudé a un área rural donde tenía que cocinar si quería comer, ya que no había ni restaurantes ni servicio de Uber Eats cerca de mi pueblo. En ese entorno desarrollé un sistema que me funcionó para maximizar mi cocina. No me considero una cocinera extraordinaria, pero sí tengo "buen sazón" porque soy mexicana y tenemos una predisposición genética para el buen gusto, :P


Así que llegué al coliving de Rooral con mucha curiosidad e ilusión de vivir esa parte de la experiencia: cocinar para muchas personas con diferentes tipos de dietas y niveles de tolerancia al picante. Pensé que sería un buen reto, ¿y a quién no le gustan los retos? Sin ellos, la vida sería muy aburrida. Pero jamás me hubiera podido imaginar que una de las cosas que más me transformaría de mi experiencia en la España rural vendría de las lecciones aprendidas en la cocina.


Colivers compartiendo una cena al atardecer en la terraza de la casa principal con vistas a las montañas en España.
Cerrando el día con una cena comunitaria, vistas increíbles a la montaña y la mejor compañía en Rooral donde los retos culinarios se convierten en lecciones para toda la vida.

Coliving rural y productos locales: cómo superar los retos culinarios en la España rural

Te pongo en contexto. El reto es el siguiente: estás acostumbrado a cocinar utilizando ingredientes específicos (disponibles en tu rincón del mundo) que puedes conseguir fácilmente durante todo el año en cualquier supermercado.


Ahora te encuentras en la España rural. Hay dos tiendas locales con verduras frescas de temporada típicas de la cultura española. Tienes dos carnicerías locales especializadas en todas las diferentes formas en las que se puede cortar, procesar y cocinar la carne de cerdo, y un señor que viene dos veces por semana con pescado fresco de la costa. Por lo general, vende lo que se pescó ese día, pero si lo pides con anticipación, tal vez te consiga otras opciones de pescado para paladares más exigentes. También está la van del pollo que viene una vez por semana con pollo asado, listo para comer, proveniente de granjas cercanas, ideal para calmar tu antojo. Súmale a esta lista un suministro ilimitado de naranjas y limones, ya que prácticamente crecen por todo el pueblo.


Además de la lista de productos locales disponibles, una segunda cuestión disparó mi ansiedad: las porciones. Si eres como yo y estás acostumbrado a cocinar para dos personas o, en raras ocasiones, para un grupo pequeño, tal vez te hagas estas preguntas: ¿Cuántas papas compro para alimentar a 10, 15 o 20 estómagos? ¿Alcanzarán cinco panes y dos pescados para todos? (¡Escuché que a veces se multiplican!). ¿Tendré sobras atascando el refrigerador compartido durante semanas o, peor aún, gente con hambre al final de la comida? ¿Cuántos euros me gastaré alimentando a todos?


Un grupo grande de colivers sentados alrededor de una mesa compartiendo la cena dentro de la casa de Rooral.
Un poco de la realidad de la cocina de un coliving: sentar a 15 personas a la mesa y gestionar 5 restricciones alimenticias distintas para que todos se vayan felices y satisfechos.

¿Qué tal si le subimos al fuego? Durante la temporada de primavera de Rooral 2026, tuvimos las siguientes restricciones alimenticias (no todas al mismo tiempo, sino a lo largo de la temporada): sin lácteos, sin gluten, vegetarianos, sin granos (nada de arroz ni maíz como acompañamientos) y personas que comían todo tipo de carnes excepto cerdo (y en el pueblo solo hay carne de cerdo, a menos que vayas al supermercado de otro pueblo cercano).


Al principio me encantaban las salidas que hacían Juan, el fundador de Rooral, y otros residentes del coliving a los supermercados más grandes de afuera, donde yo pedía vinagre de arroz y chocolate negro para mis recetas. Pero al final de la experiencia, ya no necesité absolutamente nada que no viniera del pueblo para cocinar.


La vida comunitaria en acción: cómo organizamos las comidas en Rooral


Durante la temporada de primavera de Rooral, las comidas se decidían en las reuniones familiares semanales. Ahí determinamos cuántas comidas queríamos compartir, cuántas serían cocinadas por nosotros, cuántas serían estilo potluck (donde cada quien lleva algo) o si preferíamos cenar juntos en el bar local o cocinar cada quien en su propia casa.


En esa reunión identificábamos las restricciones de esa semana para que los menús fueran inclusivos con todas las dietas y organizábamos los equipos de cocina (normalmente de dos o tres personas), así como el equipo de limpieza, que siempre era más grande, ¡porque lavar los platos de 15 o más personas sin lavavajillas es una tarea titánica!

Superando el perfeccionismo en la cocina de un coliving: Menos rigidez y más sazón


Llegué a Benarrabá una semana antes de que empezara oficialmente la temporada para ayudar al equipo de Rooral a preparar los espacios del coliving. Esa primera semana no nos asignaron parejas: cada quien cocinó de forma individual para cinco o seis personas. En esa primera cena, ni siquiera recuerdo qué preparé, pero lo que recuerdo perfectamente es el ataque de ansiedad que me dio horas antes de ponerme al mando de la cocina. Caminaba de un lado a otro en el espacio de coworking, cambiando el menú más veces de las que puedo recordar, hasta que otro coliver se ofreció a ayudarme para calmar mis nervios. ¡Gracias! La perfeccionista que llevo dentro decidió aparecer justo en el peor lugar y momento posibles. La comida quedó rica, creo… o eso dijo la gente. Sobreviví y logré mi primer gran hito: ¡Comida 1 completada!


Para la Comida 2, me tocó hacer equipo con Sam, del Reino Unido, ex capitán de un barco en la Antártida y aficionado del Tai Chi. Es, prácticamente, la definición textual de un hombre sereno, tranquilo y relajado. Mi ansiedad estaba a punto de aparecer otra vez, durante la etapa de planificación, pero todo cambió cuando Sam me dijo que estaba acostumbrado a organizar cenas para más de diez personas en su casa de Copenhague y me propuso un plato principal vegetariano. Compramos los ingredientes en la tienda del pueblo y, el día de la preparación, aprendí un método infalible para cocinar arroz en solo diez minutos. Yo fui su pinche de cocina: cortando verduras y siguiendo las indicaciones que me daba con una paz absoluta. ¡Disfruté muchísimo cocinar en equipo para la manada! Empecé a relajarme, tal vez este reto sí tenía algo que enseñarme.


Para mi tercera comida me tocó hacer equipo con Nikki, una verdadera maga de la cocina del Reino Unido, e Iván, un napolitano puro fuego. Al cocinar con personas tan increíbles me di cuenta de algo clave: aunque tengo mi propio sistema, necesitaba soltar el control y relajarme un poco. Como el espacio era limitado, Nikki sugirió cocinar una parte en su casa mientras yo arrancaba en la cocina principal. Tenía todo el sentido del mundo por el espacio en la estufa y el horno, pero al quedarme sin ella, caí en mis viejos hábitos de mando. Terminé dándole órdenes al pobre de Iván sobre el tamaño exacto en el que debía picar cada ingrediente.

En medio del caos, Iván se detuvo, y me dijo con total calma:

—Hay algo muy importante que tenemos que hacer primero.

—¿Qué? —le respondí al instante, con el tono de quien está al borde de un colapso nervioso.

Me tomó de la mano y me dijo:

—Tenemos que bailar.

Me quedé helada.

—¿Ahora?

—¡Sí!

Me eché a reír y me puse a bailar. Y resulta que sí, fue el mejor momento posible porque, como comprendería más adelante en Benarrabá, siempre es un buen momento para bailar. Cuando Nikki se unió a nosotros en la cocina, preparamos uno de los platillos de pasta (con opción vegetariana y carnívora) más deliciosos de toda la temporada.


Mi cuarta y última comida fue pan comido. Me tocó hacer equipo con mi compañera de casa, Helen, de Reino Unido. Ella propuso un clásico británico: baked potatoes con distintos acompañamientos. ¡Una idea brillante! Era una opción inclusiva para todos los estómagos, ya que preparamos un relleno a base de calabaza junto con una ensalada grande.


Yo estaba concentrada cocinando a mi ritmo cuando Juan, que me había visto durante aquella primera cena tan estresante, me miró y me dijo:

—¡Mírate, dominando la cocina como toda una profesional! Y ahora cocinando para quince personas.

Probablemente él ni se acuerde de haber dicho esto, pero para mí su comentario valió oro.


En Rooral aprendí que confiar, soltar mi lado perfeccionista, salir de mi sistema habitual y agregar un poco de baile hacen una gran diferencia en la cocina. Resulta que se puede aprender muchísimo sobre uno mismo mientras sirves a los demás a través de la comida; al final, de eso se trata la vida de superar retos y salir de la zona de confort.


Inmersión cultural: Tendiendo puentes a través de la comida


Hubo muchas comidas memorables que no preparé yo. Por ejemplo, ¡un par de chicos nos cocinaron una paella! Pero hay dos en particular que se me quedaron grabadas:


Tuvimos una semana en la que no programamos suficientes comidas familiares. Una noche, al salir de trabajar y con muchísima hambre, pensábamos cenar en el único restaurante abierto ese día, pero resultó que tenían un evento privado y no podían darnos servicio. Nikki, nuestra maga culinaria, puso manos a la obra y empezó a cocinar como para un regimiento. Yo estaba en casa preparando pasta (la versión carnívora, ya que Nikki es vegetariana) y me dijo que me llevara mi olla. Cuando llegué, ella sola se había armado una cena familiar completa con pasta, un platillo de garbanzos y una ensalada de espinacas con naranja. Al final, toda la familia se reunió para una cena totalmente espontánea. Ahí descubrí que la espontaneidad y la generosidad son cosas que valoro profundamente, y me sentí agradecida por ese momento y por la oportunidad de darme cuenta de ello.


Por último, pero definitivamente no menos importante, están mis compañeros de casa, Ran y Reut, de Israel, una de las parejas más organizadas que he conocido. Antes de llegar a Rooral, decidieron que nos prepararían una comida tradicional para que conociéramos su país a través de sus sabores. Compraron pescado y lo prepararon en una salsa de tomate sencilla, pero increíblemente deliciosa, que hasta el día de hoy aún intento recrear. Hicieron pan tradicional, lo cual es otra historia en sí misma ¡ya que tuvieron que recurrir a la cocina de una abuelita local para llevar a cabo esta hazaña! Prepararon shakshuka y compartieron la historia detrás de este platillo, explicando que, aunque hoy en día es un plato clásico muy querido en Israel, sus orígenes se remontan mucho más allá, con raíces en el Norte de África y Medio Oriente.


Terminaron la comida con una experiencia interactiva de postre en la que todos preparamos moufleta: una masa delgada parecida a una crepa que se cocina directamente al fuego, se apila y se come con mantequilla y miel. Nos divertimos muchísimo extendiendo la masa a contrarreloj, moviéndonos rápido mientras Ran las volteaba para que las nuevas no se quemaran.


Coliver estirando masa de mofletot sobre papel de hornear en la cocina del coliving Rooral.
Reut estirando masa de mofletot sobre papel de hornear en la cocina del coliving de Rooral.

Al final de esa comida, surgieron conversaciones difíciles. Vi a Ran y a Reut sentarse con un grupo de colivers, compartiendo sus perspectivas personales y buscando un entendimiento más profundo sobre sus distintas experiencias de vida. Lo que más me llamó la atención fue la disposición de todos los presentes para sostener la incomodidad. No resolvimos un conflicto global durante la cena, ni todos los compañeros de casa se fueron estando de acuerdo. Pero sentarse cara a cara nos recuerda que detrás de cada cosmovisión diferente hay una historia humana que vale la pena tratar de entender. Todos nos fuimos con el estómago lleno, con una apreciación más profunda de una cultura a través de su comida y con la certeza de que el diálogo abierto es lo que construye verdaderos puentes entre las personas.


El lenguaje universal de la comida


Al recordar esos momentos, me doy cuenta de que todas esas reuniones estaban llenas de intención: espacios donde escribíamos nuestras intenciones de vida, talleres de intercambio de habilidades, comidas preparadas al ritmo del reguetón, el electro y el flamenco, ¡y hasta sesiones para lavar platos al son de una trompeta en vivo!

Sabes que estás en Rooral cuando lavar los trastes se convierte en una jam session improvisada de trompeta y baile.

Nunca pensé que mis mayores lecciones de crecimiento personal en la España rural vendrían de la cocina de un coliving, pero me alegra muchísimo que haya sido así.


 Cena en grupo bajo luces de guirnalda y un naranjo en el patio de un pueblo español de noche.
Noches acogedoras en el patio: luces tenues y conversaciones que se alargan mas allá de la cena.


 
 
 

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