top of page

6 AÑOS VIAJANDO POR EL MUNDO Y UN PEQUEÑO PUEBLO ESPAÑOL ME ARRUINÓ VIAJAR

Foto del escritor: rooralco
rooralco
hace 20 horas
4 min de lectura

Este verano ha sido divertido.


Nowhere Festival (la versión española del Burning Man). Cuatro semanas en furgoneta por Cerdeña y Sicilia visitando a amigos y proyectos rurales chulos. Y el resto del verano con familia y amigos entre el País Vasco y Cantabria: surfeando, de barbacoas, yendo a conciertos...


Y aun así, no veía el momento de volver al pueblo.


En mis veintes, la aventura lo era todo. Pasé 6 años como nómada.

Tuve que renovar el pasaporte dos veces porque no quedaba sitio para más sellos. Saqué la licencia de paracaidismo. Surfeé la ola más larga del planeta. Escalé volcanes. Pasé por retiros en monasterios remotos y bailé en festivales exóticos. Comí comida rarísima que ni me acuerdo. Y viví relaciones románticas intensas.


Estaba persiguiendo el próximo subidón. Más movimiento, más estímulo.


Entonces mi copa empezó a desbordarse. Ya no podía contener más experiencias, y mucho menos sentirlas de verdad.


Me sentía incapaz de estar presente y absorber la magia del momento que estaba viviendo.


Siguiendo mis sueños en una remota escuela pública en Togo
Siguiendo mis sueños en una remota escuela pública en Togo

Me di cuenta que explorar es esencial para mí.


Probar diferentes ideas de negocio, diferentes deportes, culturas, parejas. Abrir el arcoíris de posibilidades y experimentar.


El nomadismo fue mi fase de exploración. Y la viví a fondo.


Tanto, que la quemé del todo. Y me di cuenta de que también tiene fecha de caducidad.


Lo que anhelaba entonces era profundidad. En un lugar. En relaciones. En un proyecto. En algo que dejara huella en lugar de un vago recuerdo.


Ese instinto se convirtió en Rooral hace 6 años. Una forma de unificar ese deseo de pertenencia.


Pero Rooral no se construyó de la forma que es hoy.


La primera idea fue un modelo pop-up, donde diferentes pueblos acogían estancias de trabajo remoto. Un mes en un pueblo, otro mes en otro.


Lo intentamos. Pero entonces nos dimos cuenta de algo: habíamos creado Rooral para dejar de movernos. Y ahí estábamos. Seguíamos moviéndonos como pollo sin cabeza.


Fue entonces cuando Benarrabá se convirtió en nuestra base permanente. Nuestro hogar.


EL pueblo tenía todos los ingredientes que buscábamos. Una comunidad abierta e innovadora, una infraestructura increíble para teletrabajar y una naturaleza maravillosa.


Vivir aquí estos últimos años me ha traído aprendizajes profundos. Cosas que nunca imaginaba:


Sacarme un máster en cómo construir confianza con un pueblo. Vivir y comer en sintonía con las estaciones. Aprender a trabajar con mis manos: desde hacer mi propia cesta a obtener mi propio aceite de oliva. Romper barreras de amistad, haciéndome amigo de un alcalde y de abuelas de más de 80 años. Unirme a un proyecto digital de cabras bomberas. Darme cuenta de la burbuja en la que crecí. O incluso aprender a lidiar con la visibilidad internacional (hace poco salimos en la revista Condé Nast Traveller).


Pero la lección más profunda es una.


Ampliar el rango de lo que siento. De mis emociones.


Ahora percibo más profundidad en los valores. Por ejemplo, el valor "comunidad".


Pensaba que la entendía (siempre me he considerado una persona muy orientada a la comunidad).


Pero entonces vi cómo este pueblo despide a sus muertos, llevados a hombros por todos los que los quisieron. Cómo dejan sus puertas abiertas hasta el último día. Por cierto, ¿cuándo fue la última vez que fuiste a un funeral a despedirte de alguien? Aquí, triste y hermosamente, vamos cada 3 semanas.


O piensa en la última vez que te presentaste en la puerta de un vecino o amigo sin avisar antes. Aquí en el pueblo es lo habitual.


Alguien que te deja verduras de su huerto sin motivo alguno. Un vecino que te recoge los paquetes, te riega las plantas cuando estás fuera o te llama para avisarte de que te dejaste las luces del coche encendidas.


El Pueblo ha ampliado lo que realmente significa el valor de "comunidad" para mí. Y lo ha hecho también con otros valores clave para mí: Generosidad. Lealtad. Naturaleza. Curiosidad. Compromiso. Cuidado.


Ha nutrido mis raíces.


Y Benarrabá ahora mismo no son solo los locales que han vivido toda su vida en este valle. También son los colivers de todo el mundo, curiosos por estos mismos valores, que se quedan alrededor de un mes.


Así que ya no necesito viajar por el mundo para verlo. Estos colivers que se unen al pueblo me lo traen a mí.


Son las ramas de mi árbol.


Raíces del pueblo. Ramas de todas partes del mundo.


Una mezcla rara. Difícil de encontrar. Tan difícil que tuvimos que crearla.


Abuelas y colivers uniéndose a través de talleres de arte
Abuelas y colivers uniéndose a través de talleres de arte

Todo este proceso me ha dejado clarísimo mi Ikigai.


Conectar a personas que han vivido vidas completamente distintas. Romper burbujas y construir puentes.


Esa es ahora la verdadera aventura y el verdadero crecimiento para mí.


Así que sí. Este verano ha sido increíble. Pero nada supera llegar de vacaciones, aparcar el coche en el parking del pueblo y caminar los 200 metros hasta casa.


Ese paseo normalmente me lleva entre 3 y 4 horas. Los vecinos me ven y me preguntan con ilusión por el verano y la familia. Yo les pregunto a ellos también. Y algunos me invitan a un ColaCao, otros a un dulce... No puedes decir que no.

Eso es lo que hace falta para ser parte de una comunidad.


Recordándome que sin raíces, no hay alas.

Y sin alas, no puedes elegir del todo tus raíces.


Nos vemos en el pueblo. O en la próxima newsletter.


Con optimismo de pueblo,


Juan


PD: Si eres de esas personas que se ha olvidado del arte de tocar la puerta del vecino, te dejamos un link que explica cómo se hace en el pueblo. Aquí lo hacemos cada día.

 
 
 

Comentarios


whatsapp icon png small.png
bottom of page